14 octubre 2012 7 14 /10 /octubre /2012 07:55

 





 
La muerte en el Egipto antiguo era considerada como un pasaje hacia una segunda vida y esto le daba un sentido positivo. Tras ella, el espíritu entraba en el mundo cósmico, un más allá eterno e inmutable. El ser humano estaba compuesto por un soporte material, el cuerpo, al que están ligados elementos inmateriales: el bah, que corresponde al alma o a la personalidad, y el ka, o doble de la persona, idéntico a su cuerpo, pero sin forma material. Para simbolizar a un representante de un atributo divino o a un faraón con su ka, ilustraban a dos figuras idénticas tomadas de la mano. 
 
 
 
 
El espíritu tomaba la forma de un pájaro o la del cuerpo del difunto y convivía con él hasta volver a integrarse en el universo una vez que el cuerpo había desaparecido. Con una imagen o doble del difunto y a través de la celebración de un ritual, el ka pasaba a la imagen. La muerte significaba la separación de estos elementos y, si el ser humano quería comenzar su segunda vida, era imprescindible que el cuerpo se reuniera con los elementos espirituales que le habían animado, el bah y el ka. Había, por tanto, que preservarlo a la hora de su muerte; de ahí la importancia de los ritos funerarios y de los lugares de enterramiento como moradas imperecederas. 
 
 
 
 
Los rituales de momificación e inhumación eran más importantes, incluso, que la propia existencia, dado que la tumba se imaginaba como un lugar de renovación de la vida terrenal, adquiriendo así una importancia primordial. Para garantizar la continuidad en la otra vida se debían construir tumbas seguras en las que habitaría el espíritu de los difuntos, a quienes había que asegurar el mismo bienestar que tuvieron en la vida terrenal. Para ello se depositaba un rico ajuar y se realizaban ofrendas de alimentos, de las que se ocupaban los vivos. Los alimentos eran indispensables, pues si faltaban el alma tenía que vagar en su búsqueda. Todo esto dió origen a una estrecha vinculación familiar entre los individuos del pueblo egipcio, la cual perdura hasta la actualidad. 
 
 
 
 
Durante la época del Imperio Nuevo se impuso la costumbre de depositar en el sarcófago de los difuntos el Libro de los Muertos, que evolucionó de los “Textos de las Pirámides” del Imperio Antiguo –los textos funerarios más antiguos del mundo–. Es una recopilación de fórmulas mágicas para ayudar a superar los peligros que acechaban a los difuntos en su viaje hacia el mundo de Osiris. 
 
 
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Al comenzar su segunda vida, el difunto debía pasar la prueba del juicio ante un tribunal de cuarenta y dos representantes del otro mundo o, más bien, de las cuarenta y dos comarcas egipcias, presididos por Osiris. Dicho juicio se celebraba en la sala de Maat, símbolo de la verdad y la justicia, y empezaba con el peso del corazón. En el platillo de la balanza, el corazón del difunto debía ser ligero como una pluma. En caso contrario, si éste tenía un peso excesivo, es decir, si sus malas acciones superaban las buenas, el corazón sería devorado por un monstruo y se produciría la segunda muerte, la definitiva. Si salía triunfador, el alma sería libre de vagar por cielo, tierra y mundo inferior. Así la persona podría sentarse en la barca de Ra y disfrutar de la compañía de todos los representantes de los atributos divinos. Por estas razones, desde los primeros tiempos, los egipcios procuraron mantener los cuerpos de los difuntos en buenas condiciones pues, guardando el cuerpo, prolongaban la vida del alma indefinidamente.
Los alimentos del ajuar funerario estaban destinados al ka. Entre los rituales diarios ejecutados por los sacerdotes, uno de los más importantes era el de la transmisión del espíritu de los alimentos al alma del difunto. Estas ideas se aplicaban a todo lo vivo, ya que la materia se animaba con el espíritu.
 
 
 
Texto compartido por Samir Hiweg, guía turístico de habla hispana-Egipto

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