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18 julio 2014 5 18 /07 /julio /2014 18:41
Sevilla 18 de Julio de 1936

Compartido en Sevilla Insólita por Marcos Pacheco Morales-Padrón

Sevilla en el día y hora negros



Tal día como hoy hace 78 años (1936) una parte de la guarnición de Sevilla se sublevó contra el gobierno republicano.

El golpe de estado en España de julio de 1936, que dio comienzo a la Guerra Civil, tuvo en Sevilla uno de sus episodios decisivos.

El 17 de julio el Ejército de África se había apoderado del protectorado español de Marruecos pero en la Península no había habido aún ninguna sublevación. Los golpistas sevillanos arrestaron al general José Fernández de Villa-Abrille, y pusieron en su lugar a Gonzalo Queipo de Llano. Rápidamente se hicieron con el control de los principales regimientos de la ciudad y de instalaciones estratégicas como el Parque de Artillería, donde se almacenaban 40.000 fusiles. Solo permanecieron leales al Gobierno, representado en Sevilla por el gobernador civil José Mª Varela Rendueles, la Guardia de Asalto y la base aérea de Tablada, así como algunos voluntarios de partidos de izquierda.

Los sublevados intentaron apoderarse del gobierno civil pero se encontraron con una dura resistencia por parte de los guardias de asalto en la plaza Nueva, a los que solo lograron doblegar cuando se incorporó al combate una batería de artillería. El gobernador Varela se rindió a las ocho de la tarde y en las horas siguientes se rindieron sucesivamente el cuartel de la Guardia de Asalto y la base de Tablada. Entre tanto otras guarniciones de Andalucía se habían sublevado tras recibir la señal de Queipo de Llano. El golpe triunfó en Córdoba y en la provincia de Cádiz, y fracasó en Málaga.

Un número desconocido de milicianos de izquierda levantó barricadas en los barrios populares de Triana, la Macarena y San Bernardo y se dispuso a resistir con armas ligeras. Desde la provincia de Huelva el Gobierno envió refuerzos: unos 120 guardias civiles y de asalto y una columna de mineros con dinamita. Sin embargo el jefe de los guardias se pasó a los sublevados y el 19 por la mañana tendió una emboscada a los mineros, a los que aniquiló en la Pañoleta. Por su parte los sublevados sí que recibieron refuerzos: tropas de la Legión y de Regulares llegadas por tierra y aire.

El día 20 los militares golpistas lanzaron ataques contra Triana y contra la plaza de San Marcos, que fueron ambos repelidos. El puente de San Telmo y el de Triana concentraron los combates más duros entre francotiradores. Para evitar el paso enemigo, los leales al gobierno levantaron el puente de hierro y el de San Juan de Aznalfarache; los sublevados quemaron las tablas de la Pasarela del Agua. Al día siguiente una nueva ofensiva sobre Triana, con más tropas y más organizada, acabó con la resistencia del barrio.

“Dentro de un cuarto de hora, a partir de esta orden, deberán todos los vecinos de Triana abrir sus puertas, a fin de que pueda hacerse el rápido servicio de captura de los pocos que aún disparan desde las azoteas para producir la alarma.

Los hombres deberán estar en la calle, levantando los brazos en cuanto se presenten las fuerzas de vigilancia para dar la sensación de tranquilidad y coadyuvar al mejor servicio.”

Advertencia de los militares sublevados a los vecinos de Triana, 20 de julio de 1936.

Mientras tanto, la base aérea de Tablada fue la única instalación militar de Sevilla en la que hubo actividad bélica. Durante la noche habían aterrizado varios bombarderos provenientes de Madrid para cargar bombas y atacar a continuación a los sublevados de Marruecos. A lo largo de la mañana se fueron produciendo varios actos de sabotaje por parte de militares partidarios de la sublevación, de modo que solo llegó a despegar un avión, que bombardeó Tetuán.

El día 22 los golpistas asaltaron y tomaron la Macarena y los restantes barrios controlados por las milicias de izquierda. Durante estos combates los sublevados fusilaron a todo resistente o sospechoso de serlo, muriendo un número desconocido de combatientes y de civiles.

En los meses siguientes continuaron los fusilamientos; se estima que fueron ejecutadas entre 3.000 y 6.000 personas. En el bando opuesto murieron un total de 13 personas, incluyendo tanto bajas en combate como civiles linchados por partidarios del Gobierno. Sevilla se convirtió en una de las bases principales de los sublevados, que desde allí lanzaron ofensivas sobre Huelva, Madrid y Málaga.

Porque toda Historia merece ser contada. No obstante, este episodio no es uno del que Sevilla deba estar especialmente orgullosa, pues las horas claves del 36 catapultaron a un “gobierno” ilegitimo a una guerra fratricida cuyas heridas no se cerrarían hasta 1977.

FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA

- ORTIZ VILLALBA, Juan. Del golpe militar a la Guerra Civil: Sevilla. Sevilla: RD Editores, 2006.

- SALAS, Nicolás (1992). Sevilla fue la clave: república, alzamiento, Guerra Civil (1931 - 1939). Sevilla: Castillejo, 1992.

— en Avenida De La Constitución.

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3 julio 2014 4 03 /07 /julio /2014 07:20

Decidme quién me va a fusilar, para besarle la mano y darle las gracias

Fuente: La Catedral de los Mártires. A las 12:23 AM, por Santiago Mata
Categorías : Lugares: Toledo, Lugares: Madrid, Lugares: Tarragona, Lugares: Castellón, Meses: 06. Junio, Lugares: Almería

Tres mártires de la guerra civil española nacieron un 25 de junio: un hospitalario castellonense y otro almeriense, más un sacerdote operario toledano.

Vicente de Paúl Canelles Vives, de 42 años y oriundo de Onda (Castellón), era profeso de la Orden Hospitalaria de los Hermanos de San Juan de Dios, fue uno de los 15 hospitalarios asesinados en Calafell (Tarragona, ver artículo del 14 de noviembre) el 30 de julio de 1936 y beatificados en 1992.



Guillermo Plaza Hernández, de 28 años y natural de Yuncos (Toledo), era del Instituto de Sacerdotes Operarios Diocesanos, fue asesinado en Argés (Toledo) el 9 de agosto de 1936 y beatificado en 1995. Ordenado como sacerdote operario en 1932, tenía el encargo de prefecto de teólogos en el Seminario mayor de Toledo.



El 22 de julio se separó del director de los operarios Pedro Ruiz de los Paños (ver artículo del 24 de junio). Acompañado de dos seminaristas, marchó el 9 de agosto a Cobisa (Toledo), donde le apresaron los milicianos, que le robaron y se dispusieron a fusilarle esa noche. Él les suplicó: “Decidme quién es el que me ha de matar, para besarle la mano y darle las gracias porque me abre las puertas del cielo”. Se le supone fusilado en Argés, que dista de Cobisa tres kilómetros, ya que mientras la documentación de este pueblo en la Causa General no señala ningún asesinato, en la de Argés explica el secretario municipal Cándido Recio (legajo 1047, expediente 25, folio 9, fechado el 16 de mayo de 1939) que de Toledo trajeron a enterrar a 57 personas ya muertas, y que “también fueron asesinadas catorce personas de diferentes pueblos por las milicias que había en este pueblo”.



Enrique López López (hermano Cecilio), de 35 años y nacido en Las Alpujarras (Fondón, Almería), fue uno de los 12 hospitalarios del instituto-asilo San José de Carabanchel Alto asesinados en Boadilla del Monte (Madrid) el 1 de septiembre de 1936 y beatificados en 1992 (ver artículo del 10 de febrero).



Más sobre los 1.523 mártires de la guerra civil española, en “Holocausto católico”.

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3 julio 2014 4 03 /07 /julio /2014 07:07

Fuente: Diario Ya .es

Un documento comprometedor para Santiago Carrillo vuelve a la luz

 

 

María del Pilar Amparo Pérez García. Hace alrededor de cuatro años, llegó una carta a mi casa, sin remite, escrita con una letra temblorosa, que hacía pensar que era la de un anciano. En ella, se relataban ciertos hechos criminales cometidos por Santiago Carrillo y otros socialistas y comunistas en el Madrid de noviembre de 1.936. Mi padre recordó aquello, pues según me dijo, se difundió mucho durante los años de la transición en fotocopias que pasaban de mano en mano. Intenté hacer averiguaciones, pues también me comentaron que el autor del escrito, un “Pionero” apodado “El Estudiante”, había hecho unas declaraciones recogidas en el diario “El Alcázar”, en un reportaje que levantó ampollas en noviembre de 1.977, reportaje realizado, tanto en su texto como en las fotografías por el periodista Joaquín Abad.

Hablé con el director de “La Nación”, el recientemente fallecido Félix Martialay, pensando que me podría poner en contacto con el citado “Estudiante”, ya que el trabajó en “El Alcázar” muchos años, como se sabe, y llegó a ser hasta director del diario. Sólo me pudo decir que “El Estudiante” vivía en Aranjuez. Nada más. Pero me dio la idea de que lanzase por Internet la citada carta. Eso hice, y todavía está dando vueltas por la red, pues a mi me ha vuelto a llegar varias veces.

Comencé a buscar el reportaje de “El Alcázar”, pero sin saber la fecha, ni aunque fuera aproximada, me resultaba muy difícil. Un amigo me comentó que él guardaba el recorte de dicho documento, pero que lo tenía traspapelado. Por fin, haciendo una mudanza de cajas y objetos de hace tiempo, le apareció el citado reportaje, y me lo cedió. Tenía, y sigo pensándolo, la idea de incluirlo en algún libro de los que estoy enfrascada, pero ante las vilezas que se están realizando con motivo de la revanchista “Ley de Memoria Histórica”, he decidido que vea la luz, porque esa historieta de buenos y malos que nos están contando, cada vez se sostiene menos de pie.

En vista de que una generación entera, que luchó y venció en una Cruzada sin igual, ha desparecido por ley de vida, y que sus hijos y nietos, en su gran mayoría, han apostatado de todo por lo que lucharon y murieron sus padres y abuelos, por comodidad, por complejo, por cobardía o para vivir aferrados a un buen sillón y a la mentira histórica, tendremos que ser una minoría de personas decentes, que todavía tenemos ideales y lealtad para con nuestros mayores, los que defendamos la Verdad y la Historia reciente de una Patria que fue, o al menos lo intentó, Una, Grande y verdaderamente Libre, y que ahora está siendo atacada en todos los frentes por sus enemigos de siempre: el marxismo, el separatismo y la masonería, que han sabido esperar a sacar su odio en el momento oportuno. En vista de todo esto, he aquí el documento:

 

TESTIMONIO PARA LA HISTORIA

¡Esta es mi zanja!... ¡Dios mío!

Julián “El Estudiante” relata la intervención de Carrillo en las “checas” de Madrid y en Paracuellos del Jarama.

 

No hace aún muchos días circuló una carta abierta a Santiago Carrillo firmada por “El Estudiante”, en la cual, con ciertos visos de verosimilitud, se vertían una serie de acusaciones contra el hoy Secretario General del PC. Como quiera que el firmante del escrito muy bien pudiera tener un nombre y unos apellidos completos, los reporteros de EL ALCÁZAR se pusieron de inmediato a realizar las oportunas averiguaciones. En efecto, existía un nombre, un testigo. En este reportaje, Julián “El Estudiante”, narra los detalles de unos acontecimientos en los cuales Santiago Carrillo tuvo, de manera directísima, una participación destacada. “El muchacho de los recados” de las “checas” de Madrid, acompañó al dirigente comunista a alguna de sus “actividades”. Este es su relato.

“Delante de nosotros mataron a un jesuita”

Aquella mañana –cuenta Julián a EL ALCÁZAR- entraron en el colegio cierta cantidad de milicianos y milicianas quienes, delante de nosotros, mataron a un jesuita que nos daba clase de química en aquel momento. Mi abuelo me sacó del internado y quiso que viviera con ellos en Cuatro Caminos, en la calle de Jaén. Pero la guerra había sido declarada y todo estaba en ruinas. Los adoquines de la calle Bravo Murillo estaban levantados sirviendo de parapetos para que los frentes no entraran. Por las noches no había luz, y yo escuchaba el tiroteo mientras me dirigía al metro de Alvarado, donde dormí varios años. Mi familia no podía proporcionarme alimentación porque escaseaba. Me enteré, por mis amigos, que también dormían en el metro, que en la “checa” del Marqués de Cubas daban carne de búfalo. Me presenté allí y le dije al miliciano que estaba en la puerta que tenía hambre. Recuerdo que aquel miliciano me pareció demasiado joven. Vestía con un mono azul y un gorro con orla; tenía puesto un correaje con una bayoneta, llevaba un mosquetón.

Me preguntó si pertenecía a los “pioneros”. “Yo no sé qué es eso” –le respondí-. “Pasa dentro, pionero”, me dijo. Al rato, trajeron un plato de aluminio con carne de búfalo y un chusco de pan. No dejé ni las migajas. El miliciano de la puerta me prometió que si iba todos los días me darían de comer. Yo, con catorce años, pero bien desarrollado, empecé a acompañarles a donde me llevaban. Vi como saqueaban las casas, como sacaban las remesas de, según ellos, “los martirizados”.

Carrillo: “¡córtale el dedo, leche!”

Uno de los días, en la “checa” de la calle Marqués de Cubas, en la tercera habitación del pasillo de la derecha, recuerdo cómo los milicianos le pegaban a un señor que estaba atado a una silla de madera con brazos. No sabía quién era ni porqué le daban guantazos en la cara hasta partirle el labio… Después de aquello, al amanecer, creo que fue el 24 de agosto, me montaron en un “forito”, ocho cilindros, muy viejo, y fuimos a la carretera de Fuencarral. Al rato, llegó un coche alargado de donde se bajaron cuatro milicianos, y el quinto, el jefe de las “checas”, que yo aún no conocía entonces. Vestía un tabardo marrón y unas botas. No tendría más de 23 ó 24 años. Era Santiago Carrillo. Apearon a tres señores y una señora, les hicieron andar sobre la cuneta unos doce metros, y sin que yo me lo esperara, sacaron las metralletas y los mataron a los cuatro. Carrillo, que había dado la orden de ejecución, saltó a la cuneta y me dijo: “Pionero, estudiante, ven acá. ¿Sabes quién es este?” –Señalando a uno de los ejecutados que estaba tendido en el suelo en un charco de sangre-. Este es el Duque de Veragua, el fascista número uno de España”, añadió Carrillo mientras sacaba una pistola de debajo del tabardo (que recuerdo perfectamente, del nueve largo), y disparó tres tiros sobre el cráneo del Duque, que ya estaba bien muerto. Hecho esto, Carrillo vio en la mano del cadáver una sortija con brillantes que parecía de valor, y dirigiéndose al Guardia de Asalto Ramiro Roig, “El Pancho”, le ordenó: “¡Quítale el anillo!”. El otro empezó a tirar sin conseguir que saliera. “¡Córtale el dedo, leche!” –reclamó Carrillo indignado-. El Guardia sacó una navaja del bolsillo y destrozó la mano hasta que consiguió sacar el anillo, y se lo dio a su jefe. Recuerdo perfectamente que Santiago Carrillo, después de limpiar la sangre de la sortija, con broza que tomó del suelo, se la guardó en el bolsillo y, cogiéndome por encima del hombro, me subió en el Ford. Emprendimos viaje de regreso. Una vez en la “checa” de la calle Marqués de Cubas, después de un rato, salió Carrillo y le dijo al Guardia de Asalto: “A este pionero que no le falte de nada, y me lo lleváis a Paracuellos para que ayude a lo que tenga que ayudar”. Yo no sabía a qué se refería Carrillo, pero como todos los días me daban de comer, andaba con el puño en alto muy obediente.

Archivos de la Causa General

En los archivos de la Causa general, instruida por el Ministerio Fiscal nada más acabar la contienda civil, consta documentalmente que, los “Duques de la Vega y Veragua –este último descendiente del descubridor de América, de edad avanzada y que ninguna actividad política había desarrollado durante su vida-, fueron detenidos, por móviles exclusivos de robo, por unas milicias socialistas dirigidas por un individuo de ese partido, llamado Zacarías Ramírez, convertido en Capitán. Fueron inútiles todos los requerimientos de las representaciones diplomáticas para que el Ministro de Asuntos Exteriores, Álvarez del Vayo, garantizara la vida de los detenidos, que ningún peligro representaban para el régimen rojo. Finalmente, los dos mencionados señores fueron asesinados después de un prolongado secuestro, no sin que antes el jefe socialista obligase al Duque de Veragua a transmitirle, bajo ciertas solemnidades jurídicas, la propiedad de una finca que el Duque poseía en la provincia de Toledo”. Por aquellas fechas Santiago Carrillo era el jefe de las “checas” de Bellas Artes y Fomento, después sería ascendido, por méritos, a Consejero de Orden Público del Gobierno rojo, Comisario equivalente a Ministro de Orden Público, antes de Gobernación y ahora del Interior.

Sobre las actividades de las “checas”, datos recogidos por la Causa General señalan que “dentro de la identidad criminal entre todas las “checas”, se destacan las del Partido Comunista por su ferocidad y ensañamiento, ya que no conformes con asesinar a sus víctimas, les hacen antes objeto de los martirios más crueles, no habiendo una sola “checa” comunista en Madrid en que estos martirios no se aplicasen con carácter casi general”.

“Por Dios, no me torturen más”

Pionero “El Estudiante”, como le apodó Santiago Carrillo, sin darse realmente cuenta de dónde se estaba metiendo, continuó visitando las “checas” donde sus nuevos amigos le daban de comer todos los días, a cambio de que fuera con ellos y levantara el puño cuando se lo mandaban.

Tres días después de que mataran al Duque de Veragua y sus acompañantes, el 29 de agosto, Carrillo y su chófer, el comunista Juan Izascu, recogieron al “Estudiante” de la “checa” de Marqués de Cubas y fueron a Fomento, junto a la Estación de Atocha, en un Ford matrícula M-984. “Recuerdo que era de noche –nos dice nuestro testigo- cuando llegamos. Bajamos a un sótano donde esperaban la llegada de Carrillo los chequistas Manuel Domínguez “El Valiente” y el Guardia de Asalto Juan Bartolomé. Allí estaba sentada una mujer joven, de unos treinta años o más, con la ropa a jironazos, casi desnuda, que no hacía más que llorar y suplicar que no la pegaran más. Llegó por fin al sótano Santiago Carrillo y dio al tal “El Valiente” la orden de quemarle los pechos, orden que éste cumplió utilizando un cigarro puro. La mujer suplicaba “por Dios” que el tormento cesase. Luego me dijeron que se trataba de una monja, Sor Felisa del Convento de las Maravillas de la calle Bravo Murillo. Aquello me quedó muy grabado en la mente y no lo olvidaré jamás. He pasado muchas noches sin dormir recordando crímenes de estos. No sé qué pasó luego con la monja, supongo que moriría en las manos de aquellos chequistas que disfrutaban ultrajando a una religiosa.

 

Fueron asesinadas

Acudiendo nuevamente a los datos obtenidos por las investigaciones de la Causa General, encontramos que “Las Religiosas Adoratrices Sor Felisa González y Sor Petronila Hornedo Huidobro, que se vieron obligadas a abandonar su Convento de Guadalajara y marchar disfrazadas a Madrid, a su llegada a la Estación de Atocha, el 13 de agosto de 1.936, fueron detenidas en la “checa” de dicha Estación (…) y asesinadas seguidamente, habiendo aparecido los cadáveres en un descampado de La calle Méndez Álvaro, próximo a la Estación, el día 31 de agosto”. Las fotografías de Sor Felisa, realizadas el mencionado día 31 de agosto en el Depósito Judicial, muestran varios impactos de bala en la cara y en el cráneo.

“El mismo Santiago Carrillo les empujaba hacia la fosa con el pie”

“A los quince días –sigue contándonos su historia Julián- subimos a un coche de la Guardia de Asalto. Tomamos la carretera de Alcalá, Ventas, Canillejas y de ahí salimos a una carreterita muy estrecha, muy mala, y me encontré donde ahora está Barajas. Desde allí cruzamos un camino y pasamos por un puente, el del Jarama. Llegamos a un lugar donde vi gente en corros, de lejos. Bajamos del coche y el Guardia de Asalto les dijo a los de allí: “Aquí os presento al Pionero, “El Estudiante”. Nos manda el jefe que lo traigamos aquí, para que ayude y le deis de comer bien”. Vi unas zanjas, larguísimas, de unos 60 centímetros de anchas, que las abrían a pico y pala. No vi cadáveres. Por cierto, que me ofrecieron tabaco y se echaron a reír cuando les contesté que no fumaba. Nos pusimos a hacer zanja, y cuando pasó un buen rato trajeron la comida: judías, garbanzos con trozos de bacalao, pimientos, etc. Recuerdo que después de comerme dos buenos platos y un chusco, me dieron un puñado de higos secos. Después de descansar y beber vino, seguimos trabajando en la zanja. Al caer la tarde nos trajeron a Madrid, y a mi me dejaron en Cibeles, desde donde marché al metro de Alvarado, para dormir como todas las noches. Al otro día, igual, cavando zanjas que no sabía para qué servían… Después de varios días, mientras trabajábamos, llegó una furgoneta llena de gente. Los sacaron a gritos y los pusieron a todos delante de las zanjas. Salían sin calzado, con sangre en los pies, en la cara, apenas vestidos y sin objeto de valor alguno. Sin consideración, los mataron a todos, con metralletas y fusiles. Seguidamente los echaron a las zanjas y nos mandaron que cubriéramos con tierra los cadáveres. Debía ser la primera semana de noviembre cuando nos llegaron tres autocares con cientos de personas amontonadas. Yo no sabría calcular cuántos serían. Aquello fue horroroso. No paraban de matarlos y meterlos en las zanjas, mientras llegaban más autocares, con hombres. Todos eran fusilados y además machacados con fusiles en la cabeza. La escabechina fue tremenda. El mismo Santiago Carrillo los empujaba hasta la fosa con el pie; con algunos no podía y los arrastraba cogiéndolos de las piernas o de las manos. Después preguntó: “¿Qué tal se porta este pionero?”, refiriéndose a mi. Contestaron que trabajaba mucho. Que estaban contentos. “Bien, cuidarme al Estudiante”, dijo antes de marcharse dándome una palmada en la espalda”.

 

La matanza de noviembre

Así fue, a grandes rasgos, la matanza de Paracuellos efectuada los días 6, 7, 26 y 27 de noviembre. En esas fechas, la checa de Fomento había sido disuelta, formándose “un Consejo de Policía –según documentos oficiales-, presidido por los comunistas Santiago Carrillo y Segundo Serrano Poncela, a cuyo cargo quedó de un modo exclusivo el Orden Público en la capital abandonada por el gobierno rojo. El referido Consejo de Orden Público repartió a sus miembros entre las diversas cárceles de Madrid, y, tras una brevísima selección, que ya había sido comenzada por el disuelto Comité de Investigación Pública, fueron extraídos de las prisiones varios millares de presos de todas las edades, profesiones y condiciones sociales, que fueron asesinados por las Milicias de Vigilancia improvisadas por el gobierno rojo en Paracuellos del Jarama, Torrejón de Ardoz y otros lugares próximos a Madrid, donde reposan los restos de estas víctimas. Las órdenes que sirvieron para realizar estas extracciones aparecen firmadas por las autoridades de Orden Público”. Concretando más los hechos, “el 6 de noviembre de 1.936 se presentaron en la Cárcel Modelo de Madrid policías adscritos a la Dirección General de Seguridad, y milicianos de Vigilancia de Retaguardia, al mando del Inspector General Federico Manzano Govantes, con una orden de libertad de presos, sin indicación de nombres ni de número; en autobuses de la Sociedad Madrileña de Tranvías se llevaron a los presos que tuvieron por conveniente, sacándolos atados, y los asesinaron en las inmediaciones de Paracuellos del Jarama y Torrejón de Ardoz. Al día siguiente, 7 de noviembre, se repiten los mismos hechos, siendo asesinados una nueva tanda de reclusos”.

El 14 y 15 de noviembre, después de haber “peinado” Madrid varias veces, al objeto de que no quedara vivo ningún militar, citaron a los que quedaban en libertad en la Casa de la Moneda, bajo la excusa de liquidarles los haberes atrasados. Una vez dentro, los cuatro mil militares se dieron cuenta de que aquello estaba tomado. Habían caído en una trampa. Fueron trasladados en camiones hasta la D.G.S. (Dirección General de Seguridad), en la calle Infantas, y desde allí, a las cárceles habilitadas. A los pocos días fueron llevados a Paracuellos donde se les asesinó en masa.

“Esta es mi zanja, Dios mío”

Julián tiene ahora 55 años. Vive en un pueblecito cercano a Madrid y quiere olvidarlo todo. Lo que vio teniendo 14, 15 y 16 años, lo ha revivido ahora para que los jóvenes comprendan la postura de sus abuelos cuando acuden, en estas fechas, al aniversario del Genocidio de Paracuellos. “El Estudiante” de hace 41 años, nos ha acompañado, una por una, a todas las “checas” –donde estaban las “checas”, claro-, recordando anécdotas que le ocurrían cuando llevaba, desde el despacho de Carrillo en la calle Pontejos, las listas de los que debían detener y asesinar. Hemos estado en la carretera de Fuencarral, buscando el lugar donde fue muerto el Duque de Veragua, siguiendo las indicaciones que la memoria de “El Estudiante” le recordaban. “Allí tiene que haber una granja, y más adelante un cauce de agua –decía Julián-, justo por aquí. Sí, sí, fue aquí donde nos bajamos con el Ford. Venían también los chequistas Santiago Escalona, Sagrario Ramírez y Ramiro Roig, “El Pancho”. Este último fue quien le cortó el dedo al Duque para sacarle el anillo. Y desde aquí les dispararon –se pone en posición de tiro-, y aquí cayó el Duque de Veragua, así –Julián cae al suelo imitando la posición en que quedó el cadáver del Duque antes de que Carrillo le disparara los “reglamentarios” tiros de gracia- de lado, sangrando por todas partes”. El recorrido hasta llegar al cementerio de Paracuellos del Jarama fue también relativamente fácil, recordando lugares y gentes. Al llegar al Cementerio, después de santiguarse, Julián empezó a caminar como hipnotizado recorriendo las diversas zanjas, cubiertas con algunas cruces y flores. “Esta es mi zanja, Dios mío; esta es la zanja que yo hice con mis manos -exclamaba “El Estudiante” llorando como un niño-. Aquí hay miles y miles de asesinados. ¡Dios mío, qué tragedia! ¿Por qué has vuelto, Carrillo? ¡Que no vuelvan esos tiempos, por favor!”, gimoteó, finalmente, aferrado a una de las cruces donde se leían algunos de los nombres de los que allí dormían desde el año 36.

Prescritos

Todos los asesinatos antes relatados, y miles más, hace años prescribieron sin que haya lugar para perseguir de oficio a los presuntos culpables. Muchos de los responsables han muerto, al igual que los testigos. De los primeros, algunos aún se pasean desafiantes por los cenáculos de moda. De los segundos, como en el caso de Julián, también aún quedan quienes se manifiestan dispuestos a dar testimonio físico de aquellas atrocidades. ¡Dios libre a nuestro pueblo de nuevas vivencias como las que aquí se evocan en víspera a su aniversario!

Un documento comprometido para Carrillo
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